Museo Contisuyo
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LA SIRENA DE LLOQUE
PUBLICACIONES 01-01-1960

Víctor Arpasi Flores

El viaje, en la destartalada camioneta, había transcurrido sin contratiempos. Por momentos el cansancio quería apropiarse de mi mente; aunque gran parte del recorrido por las rutas frías de la altura fui  contemplando el áspero paisaje que me atraía con una fuerza sutil que me mantenía despierto viendo desfilar inacabables yermos, caprichosos cerros, y aquella inmensa pampa de sal natural que parecía no tener fin. El sordo ronquido de la máquina y las palabras casi rudas del chofer y las bullangueras de mis compañeros se enredaban con mis pensamientos que me asaltaban llenándome de interrogaciones e inquietudes. Sentía al respirar algo raro. Parecía que algo o alguien me iba a sorprender en esas alturas con no sé qué. Era una sensación que me obligaba a suspirar. De pronto, estábamos frente al vacío. La noche se venía con todas sus sombras sobre nosotros. La camioneta se detuvo. Todos bajamos. Y miramos hacia abajo. Nuestro destino estaba cerca. Allá, en lo profundo, lejos, muy lejos, apenas un hilo de plata -el Tambo-se movía queriendo ocultarse en la tarde que se iba a trompicones. Miré a mis amigos, y escuché la voz del guía: «Nadie debe separarse más de un paso del que sigue; el camino es muy estrecho y peligroso; pueden perderse o rodar»; luego, como si nos advirtiera de algo misterioso, exclamó: «No dejen de hablar, pero sólo escuchen sus voces, nada más que sus voces». Asentimos sin pronunciar palabra alguna. Todos miramos el barranco que amenazaba tragarnos y que se estaba volviendo cada vez más oscuro. Nuestro guía gritó: «¡Listos!» Respondimos débilmente «¡Listos!». «Ahora, ¡síganme!», fue la orden. Y los cuatro nos pusimos en fila, listos para bajar: yo, al final. Veía el vacío y mis piernas temblaban (era algo inconsciente, que no podía controlar desde niño), pero me hacía el fuerte; y las voces de mis amigos se comenzaron a entretejer con los hilos de la noche. Aparecieron las linternas. En medio de mis aprehensiones, yo reía, y seguía casi pegado al de adelante. La serpentina del camino había desaparecido. Di un tropezón, y casi no lo cuento. «Pisen con sumo cuidado y fuerte», dijo la voz del guía. ¿Cuánto tiempo estuvimos bajando? Parecía que el descenso no iba a terminar. Cansaba la pendiente, pues tenía que pisarse con energía. El temblor de mis piernas había desaparecido.

Seguimos bajando entre el bullicio de las voces...Cuando más atención ponía en el camino, escuché una voz diferente, delicada, suave, un gorjeo; era una voz arrobadora, cálida. Tal vez alguien ha subido del pueblo a guiarnos, pensé. Era una voz musical que yo quería filtrar de todas las voces y escuchar únicamente esa voz. Quise adelantarme, pero por miedo de salirme del rastro, seguí trotando al ritmo de las oscuras espaldas de quien delante de mí hablaba y reía. ¿Dónde había escuchado esa vocecita? ¡Sabía que era una voz conocida! ¿Dónde? ¿Dónde? ¡Y la memoria me dijo que la había escuchado en el puquio del Majuelo, allá en la lejana Moquegua! Recordé la magia del momento cuando la niña echó sobre mi cabeza el agua de mi tachito. Aquella vez, en medio de risas y aprehensiones, corrí a mojarla, pero ella se perdió con su vestido claro por el chorro transparente que caía de aquella vertiente de agua; y por más que me esforcé en encontrarla, no logré hacerlo. ¡Era la misma voz! Aquella musicalidad de sus palabras y su risa que se habían quedado escondidas en mi memoria; y que ahora, en plena noche, en esta pendiente que bajábamos hacia el río, rumbo al pueblecito de Lloque, volvía a oírla. Voz que dormía en mi alma como avecilla, y que ahora sentía sus alitas revoletear cerca de mí. Puse atención, y la risa de aquel lejano puquial se deshacía en mis oídos en dulcísimos arpegios trayéndome ensoñación y esperanzas perdidas...

¡Un grito! ¡Me llamaban! ¡Me había rezagado!... Mis compañeros se acercaron adonde estaba. La voz del guía me dijo: "No debes quedarte atrasado"; luego, tal vez, tratando de darme miedo: "Estos lugares son muy peligrosos". En el leve resplandor de la luna, miré los rostros; y entre ellos la busqué; pero la dueña de la voz no estaba. Yo sabía cómo era su cara, su cuerpo, sus cabellos. Yo lo sabía, a pesar de haber transcurrido tantos años. Me dio vergüenza preguntarles por ella. Se reanudó el descenso; y yo detrás de ellos. Cuando menos se pensó, ya habíamos llegado al fondo del barranco. Allí, el río Tambo mojaba la noche con sus susurros. Al otro lado, leves chisporroteos nos decían del pueblito que prestábase a dormir.


Un esfuerzo más: el último. Teníamos que cruzar el río. El agua no estaba muy helada. La altura era de tres mil metros sobre el nivel del mar. Todos se prepararon lo mejor que pudieron. Al fijarme detenidamente en la corriente, vi flotar su vestido claro ¡la vi! ¡sí, señor, la vi! ¡la vi como cuando se perdió por el ojo de agua aquél! Y sin esperar a nadie, me lancé al río; pero al chapotear desesperadamente no me di cuenta hacia a dónde fue. Sólo el agua seguía rodando en sus ondas frías. Asustado y aterido llegué a la otra orilla. Allí, las voces amigas y el aguardiente y la ropa seca. Luego, fueron llegando el resto de compañeros. «¡Te volviste loco!» «¡Dios mío, no supimos qué hacer, sino lanzarnos todos a cruzar el río!» «!Felizmente nada malo te pasó!» Recriminaciones. Miradas de soslayo. Cuchicheos. «Está loco», musitaban. Mas la voz yo la seguía escuchando en mí; y mi alma no hacía otra cosa que solazarse viendo su cuerpo hendiendo la corriente...

La amistad nos recibió como al hermano que regresa. Los comuneros nos condujeron a la plazita; luego una mano nos acercó un plato humeante de cazuela de gallina. Hablamos de una y otra cosa. Al día siguiente debíamos cumplir con la tarea que nos habíamos asignado desde Moquegua. ¿Cómo ayudar a la comunidad? ¿Cuál era la problemática integral? Al día siguiente, muy de mañana, salimos al campo. A mí me correspondió la zona sur, y hacía allá me dirigí con el ánimo de efectuar a conciencia mi tarea.


El desarrollo de un pueblo depende del conocimiento que tenga de sí mismo, de sus recursos, de sus posibilidades, de su fuerza, de sus hijos, de la gente, me decía. Y al seguir caminando, recuerdo las peripecias de la bajada del barranco; y al pasar cerca de un puquial oigo un leve susurro; me detengo, y percibo una melodía que decía: "...La muerte en realidad no existe / sólo existe del puquio el agua / y existes tú y yo en el tiempo / porque tu alma y la mía se aman". ¡La voz!, exclamé. ¡Era la voz que agitaba mi espíritu! ¡La voz que atravesando el tiempo se presentaba reduciendo en nada los años; convirtiéndome en niño nuevamente, tras la cabellera suelta de un delirio! Seguía cantando la voz "Aquí, mis labios tu voz buscan; / mi piel, las ondas de tus ríos. /Abrasan mis ansias tu ausencia; / sólo soy lágrimas, gemidos/..." ¡Quedé estático! Allí, frente a mí, en medio de la rumorosidad del ojo de agua, estaba ella. La niña, ahora mujer; la que jamás había olvidado. Allí estaba sonriendo; con su cabellera suelta, de huidas oscuras, caía sobre su espalda cobriza, desnuda, salpicándola de estrellas húmedas; la falda de su vestido se confundía con la brisa y la leve lluvia de la caída del agua. Sus manos que jugaban con la espuma del agua parecían volverse líquido, luminosidad que caía al pequeño pozo del puquial. Allí la tenía. ¡Allí estaba, Dios mío! ¡Tanto tuve que recorrer para hallarla! Allí estaba su mirada entornada, y sus labios como que amaban, como que sonreían, como que musitaban... ¿Qué balbuceé? No recuerdo. Sólo sé que algo dije. Tal vez pregunté por su nombre... ¡Ven!, escuché que me decía. Su mano: larga, fina, leve, se acercó a mi rostro. Quise tocarla...

«¡Señor!», grita alguien. «¡Señor!», vuelven a gritar. Volteo: ¿quién será? ¿Me llamará a mí?... Sí, a mí me llama. ¿Por qué? Antes de responder, quiero ir a donde está ella; pero al volver la vista ¡ya no estaba! ¡¡Ya no estaba!! ¡No había nadie! ¡Sólo el leve rumor del ojo de agua! Un grito desesperado sale de mi garganta. Luego me viene la calma. La calma. «¿Con quién conversaba usted?» «¡Cómo que con quién! ¡Con ella», fue abrupta mi respuesta. «¿Con ella? ¿quién es ella?», sigue la pregunta insistiendo. «Usted debe conocerla mejor que yo, ya que es de acá», le contesto. «Pero, si no había nadie», me responde sorprendido. «¡Cómo que nadie!», exclamé exasperado... Trato de calmarme... Seguimos hablando; luego me despedí y me dirigí a la zona sur del pueblo.


Al día siguiente, regresé al lugar. Me puse a jugar con el agua del puquio. Esperaba volver a verla. De pronto, su canción llegó a mis oídos. Algo apretó mi pecho. La respiración se me hizo más agitada. Y la vi... Estaba mucho más hermosa que el día anterior. «¿Por qué te fuiste?», me reclamó. «Ahora ¿te irás sin mí?, no, ¿no es cierto?» «¡No!», susurré. Su mano se acercó a mi rostro y la sentí húmeda; mientras que en mis oídos la música de su voz me transportaba a playas infinitas, a arcos iris luminosos, a cielos y jardines nunca vistos; rozaron mis labios sus labios... En ese mismo instante un fuego intenso comenzó dentro de mí a quemarme las entrañas, que caí al suelo como si estuviera desbarrancándome hacia el río...convertido en una antorcha viva...

Me hallaron casi muerto. Los oídos reventados en sangre. La nariz que manaba sangre intensamente. Y casi muerto musitaba palabras incoherentes «tu voz, fuego, arco iris, voy, música, nunca, por qué, playas, ven,... » La gente del pueblo decía que la sirena me había encantado. ¿La sirena? Decían que no era la primera vez que se presentaba a los hombres: varios jóvenes de la comunidad habían sido atrapados por ella.

Ahora me encuentro en mi casa. Quiero ir a ese pueblito de Lloque a encontrarla nuevamente; pero nadie me permite viajar. Si subo al ómnibus, me hacen bajar, y me retornan a casa. He pensado en escaparme e irme a pie. Tengo que volver a ese puquial ¡tengo que volver para encontrar la paz! Tengo todo listo para salir esta noche; no puedo esperar más.






 


 



 
 
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